De ruta por Suiza

Tenemos que reconocer que hay una cosa que nos apasiona además de las flores, y es viajar. Conocer lugares nuevos, lugares con encanto, de esos que te dan un chute de belleza y energía que te dura hasta el siguiente viaje. Y sin duda viajar con mi madre es un extra. Un plus de risas (es un despiste auténtico), de expresividad de la emoción elevada al máximo exponente, y ¿a quién no le gustaría ir recopilando memorias, fotografías y vivencias compartidas con su madre a lo largo de años? Pues así de afortunada soy yo.

El último viaje de #mimosasaroundtheworld fue al país de las montañas, de los lagos, de las cascadas, de los prados, al país de los quesos (y no, no nos gusta a ninguna de las dos así que ni probarlo), del chocolate (este sí, a mi madre le pirra pero es que es taaaan caro…). En fin, os contamos una pincelada de lo que fue nuestro viaje a Suiza.

Suiza es parar con el coche y dejarlo donde bien puedas para poder disfrutar del paisaje que te está envolviendo, porque se merece que lo contemples con ambos ojos y la boca bien abierta. Así nos quedamos nosotras cuando nos dirigíamos a la zona de Interlaken. Tuve que pedirle a mi madre que me dejara conducir a mí porque, cuando ella iba al volante, creo que iba más pendiente de vislumbrar todas las casitas en los prados que de la carretera.

El color de los lagos es diferente al que estamos acostumbrados, tiene un color azul turquesa que es precioso. ¡Tuvimos la suerte de poder bañarnos en uno de ellos! eso sí el agua hipercongelada.

Los ríos bajan con tanta fuerza y tan cargados con agua del deshielo, que sobre la superficie se forma como una neblina que los hace misteriosos y ya si lo ves al atardecer, como nos pasó a nosotras, es mágico. Una tarde aprovechamos que llegamos pronto al hotel para darnos una ducha rápida y volver a coger el coche para ir a uno de los sitios que más ganas tenía de visitar: el Valle de Lauterbrunnen. Es un valle profundo en mitad de los Alpes, donde los pueblos están rodeados de cataratas que caen por las paredes verticales de las montañas, ¡increíble!. Íbamos a contracorriente, cuando el parking ya comenzaba a quedarse vacío porque los turistas ya se marchaban a sus hoteles, nosotras llegábamos. Así que os podéis imaginar cómo nos sentimos al quedarnos nosotras solas ante tanta belleza, el valle entero parecía para nosotras. Fue un buen momento para enseñar a mi madre a tirar una buena foto con la réflex, así que allí estuvimos casi 2 horas danzando por los prados, disfrutando de la naturaleza sin ruidos, compartiéndola únicamente con las vacas que nos acompañaban y con nuestro querido Mini ¡inolvidable!.

En Suiza no puedes guardar la cámara en ningún momento porque cualquier sitio que visites tiene mil escenarios diferentes para fotografiar. Subimos en teleférico al pico First que está a 2168 m, no es de los más altos ni mucho menos pero las vistas desde allí te dejan sin habla. Allí está el First Cliff Walk, una pasarela de 40m que te obliga a andar al borde de un impresionante acantilado con una extraordinaria vista alpina. Y hay ciudades que tampoco se quedan cortas como Lucerna y Thun con sus característicos puentes medievales, a los que no parábamos de investigar para ver qué flores tenían en sus ventanales y cómo las habían enganchado ahí. Sí, las “mimosas” no descansan ni en vacaciones.

Y terminando nuestro viajazo de una semana por las tierras de Heidi, acabamos por casualidad en un pueblecito que nos enamoró: Murten. A mí me recordó a los de Alsacia que había visto el año pasado, con sus casitas medievales, sus murallas, las calles súper cuidadas y como no, con su lago de fondo.

Ha sido un viaje que nos ha dejado con unas agujetas importantes después de tanta caminata pá arriba y pá abajo, pero sin duda alguna han merecido muchísimo la pena por todo lo que nos hemos llevado a cambio.

Además de Suiza las mimosas han estado en Roma, en la Provenza, en Normandía, etc… así que ya os iremos contando nuestras experiencias en esos viajes en futuros posts.

Fdo: Gadea.

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Entre campos de lavanda

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El día que pasamos hace dos meses fue mágico. De camino a nuestro destino nos topamos con un atasco en mitad de la autopista, así que para evitarlo nos desviamos por una carretera nacional. ¡Y qué gran acierto! No había casi gente, la luz del paisaje, el olor… nos miramos sorprendidas ya que no nos imaginábamos que pudieran quedar zonas tan verdes en pleno Julio a 30 minutos de Madrid, acostumbradas a los campos ya amarillos por estas fechas. Seguimos por esta carretera otra media hora tal como decía mi GPS, cruzando ríos, entrando en bosques, y tras pasar un par de colinas… ¡Tachán! Allí estaban… ¡los campos de lavanda de Brihuega! (para los interesados en conocer este mágico sitio, aquí os dejo las coordenadas GPS que seguimos para llegar a los campos de lavanda: 40°47’25.5″N 2°50’55.5″W)

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La Alcarria encierra un tesoro que hay que descubrirlo al atardecer, cuando la luz lo torna mágico. El paisaje trasmite paz. El olor tan fresco, el zumbido de las abejas, el color y la luz se nos han quedado grabados en nuestras retinas… bueno, nuestras fotografías también nos ayudarán a viajar a esos momentos maravillosos.

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Volveremos a vernos campos de lavanda, volveremos a vestirnos de blanco para agasajarnos y fotografiarnos un millón de veces más. Volveremos para caminar entre tus hileras contemplando tus diminutas flores moradas, y sobre todo para bañarnos en esa luz y dejarnos envolver por esa paz, tranquilidad y belleza natural.

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Fdo: Niní y Gadea.